Prólogo

Un mundo que lo tuvo todo
Hace siglos, en el planeta Eryon, existió una civilización capaz de levantar torres que rozaban las nubes y máquinas que cruzaban el cielo.
Nadie recuerda ya con certeza por qué cayó. Lo que quedó fueron sus restos: rascacielos vencidos por la vegetación, naves varadas bajo el musgo, máquinas dormidas bajo la tierra.

Lo que creció entre las ruinas
Sobre aquellos restos se levantaron pueblos de piedra, monasterios y academias. En el continente de Vareth conviven humanos, évaros y otros pueblos humanoides, hechiceros, monjes, dragones y criaturas antiguas.
En la Academia de Altavern, los jóvenes aprenden disciplina, convivencia y el dominio de los elementos. Allí empieza esta historia.

La tecnología prohibida
Parte de la tecnología antigua se prohibió, y nadie sabe ya del todo por qué. Los monjes la queman. Otros la buscan en mercados clandestinos y se la implantan en el cuerpo para ser más fuertes.
Bajo las ciudades hay torneos de luchadores modificados y apuestas que nadie confiesa.

Dos caminos
Hay dos maneras de hacerse fuerte. Entrenar la conexión con uno mismo y con los elementos, despacio, con una energía verde que nadie puede comprar. O pagar por un implante y sentir al instante un poder rojo que siempre se cobra algo a cambio.
Ningún color decide quién es bueno. Lo que pesa son las decisiones.

Quien cuenta esta historia
La cuenta un hombre ya anciano que un día fue alumno de Altavern. Tuvo orgullo, envidia, deseo y compasión. Cayó, se perdió y aprendió a levantarse.
No la cuenta para juzgarse ni para dar lecciones. La cuenta porque quizá también es la tuya.